La difusión del judaísmo democratiza a España

14/Dic/2012

Aurora

La difusión del judaísmo democratiza a España

Un esfuerzo importante por rescatar el legadoEspaña e Israel nunca podrán tener una relación normal, la característica de Estados que comparten intereses pero que han vivido historias distintas. España e Israel están abocadas a mantener una relación intensa y compleja porque compartimos una historia que es intensa y compleja. Es demasiado lo que nos une como para que podamos vivir de espaldas al otro, más aún cuando aún no hemos llegado a superar hechos y circunstancias que nos acompañan desde hace siglos.
No es este lugar ni momento para repasar esa historia común. Por otro lado, mi condición de funcionario de la administración española no aconseja que entre en disquisiciones sobre la perspectiva judía e israelí de esa relación. Pero permítanme hacer referencia brevemente a algunos hechos capitales que siguen de actualidad y de cuya resolución depende nuestro futuro y que lo haga con la sinceridad y claridad características de la sociedad israelí y de mi tierra castellana.
España, pionera como Estado-nación
España fue pionera en la definición del estado-nación, una característica de la Europa Moderna y uno de los cimientos sobre los que se levantó nuestra hegemonía secular, la de España y la de Europa. Pero aquella definición apostó por una visión reduccionista de la realidad nacional: España sólo podía ser católica, no había espacio para la diversidad, no cabía una opción plural. Para avanzar en la creación de un Estado moderno prescindimos de capital humano, renunciamos a activos sociales y culturales acumulados durante siglos y desarrollamos una estructura político-clerical que en nada ayudó a la convivencia y que acabaría contaminando la imagen de España en el mundo. Expulsamos a judíos, musulmanes y protestantes y perseguimos a aquellos que decían haberse convertido a la «fe verdadera» pero cuyo comportamiento, real o imaginario, delataba su adscripción a otros cultos. Ganamos en cohesión social a costa de ser injustos, de provocar un injustificado daño a miles de familias españolas. Pero no sólo los expulsados o perseguidos perdieron en esta gran operación de ingeniería política.
España, en uno de los momentos clave de su historia, cuando más necesarios resultaban sus recursos humanos para desarrollar una administración eficaz y un tejido empresarial competitivo, llevó a cabo un descabellado ejercicio de desamortización de activos. Renunciamos a mucho de lo mejor que teníamos y lo hicimos de forma consciente y sistemática. Está claro que no fueron criterios económicos los que primaron en aquella ocasión sino otros de raíz cultural.
Con esa desamortización de activos el naciente Estado se dejó en el camino una parte relevante de su patrimonio intangible. España nació plural y sólo se puede entender desde su intrínseca pluralidad. Somos el resultado de la suma de culturas y ahí reside nuestra mayor riqueza. La opción por la exclusividad infligió un grave daño a nuestra propia identidad, que se convirtió en algo problemático, como queda recogido en nuestra literatura clásica. Al asumir el Estado y la Iglesia Católica el papel de garantes de esa identidad mediante la negación de valores tradicionales y acciones liberticidas embarcaron a la sociedad española en una dirección poco afortunada, que acabó convirtiéndose en un obstáculo para nuestro desarrollo social y económico.
La cuestión judía y la lucha por la libertad han ido de la mano en la historia de España. Más aún, el reconocimiento del legado judeo-español y de su importancia en la definición de la identidad española va en paralelo del largo camino en pos de una España democrática. Un camino que arranca en las propias tensiones sociales presentes durante los siglos XV, XVI y XVII y que se redefine con la Ilustración y la Revolución Liberal. La Monarquía de Alfonso XIII dio los primeros pasos para restablecer una judería española y un vínculo jurídico con la diáspora sefardí. Una situación que perviviría conflictivamente durante el franquismo y que se está consolidando durante el reinado de D. Juan Carlos.
La recuperación del legado judeo-español
En este empeño por normalizar nuestra relación con «lo» judío se ha hecho un esfuerzo importante por rescatar tanto el legado judeo-español como el de la diáspora sefardí. Iniciativas públicas y privadas, judías y no judías se han sumado en un conjunto de empresas culturales que han contado con la simpatía de la población y con el apoyo de distintas instituciones. Investigaciones universitarias, exposiciones, conciertos o la Plataforma Erenzya, diseñada y animada desde el Centro Sefarad-Israel con la voluntad de establecer una red que reúna a todas las comunidades sefardíes del mundo, son ejemplos de este interesante proceso. Es un buen síntoma de ese creciente interés por un pasado común que nos permite ser optimistas sobre futuras y necesarias iniciativas, como la definitiva catalogación del legado artístico judeo-español.
En el ámbito de lo religioso nos encontramos con un proceso paralelo al antes descrito. A lo largo del siglo XX la Iglesia Católica, sin duda la mayoritaria en España entre las cristianas, vivió cambios importantes en distintos frentes. Desarrolló una intensa actividad en los estudios históricos y bíblicos. Definió una estrategia ecuménica que suponía un cambio de rumbo respecto de actitudes seculares. A partir del Concilio Vaticano II y en especial de la «Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas», de 28 de octubre de 1965, la Iglesia adoptó una posición mucho más conciliadora con el judaísmo, reconociendo la pertenencia a un tronco común. Quisiera subrayar tres ideas de esta declaración. La primera es el reconocimiento de un tronco común, la segunda el hecho de que el cristianismo se desarrolló entre judíos, la tercera es la negación de un viejo y enraizado prejuicio católico: «Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy».
En las últimas décadas el auge del laicismo y de las corrientes relativistas en los estados occidentales, con la consiguiente crisis de valores, ha propiciado una convergencia entre comunidades cristinas y judías frente a lo que perciben como una amenaza común. El resultado de este conjunto de circunstancias características del tiempo que nos ha tocado vivir es que sacerdotes y feligreses comenzaron a ver a los judíos como sus «hermanos mayores» y al judaísmo como su punto de partida, con el que continúa compartiendo un extraordinario acervo religioso, histórico y cultural.
(Extracto de conferencia impartida por el director del Centro Sefarad-Israel Florentino Portero en Jerusalén)